A veces, cuando estoy en mis cabales, siento que puedo superarlo todo. Cualquier mínimo error no sería alarmante. Pero hay cosas que me toman por sorpresa y aceleran mi latir: ¡momentos como esos son los que me perturban! Y no sé qué hacer. No sé si quiero escapar, no sé si quiero desaparecer. Se mezclan todas mis sensaciones, se atascan en mi garganta sin dejarme tragar, quitándome la respiración. ¡Malditas! Si supieran el poder que tienen cuando se ponen a corretear por mi mente y mi corazón... ¡Me asfixian!
Y todo pierde su sentido, otra vez; me desespero y lo único que puedo hacer en esas ocasiones es llorar y llorar. Mojarlo todo alrededor. ¡Podría crear un mar! No encuentro soluciones, tampoco problemas. ¡Me bloqueo! Y lloro...
Y así, con la respiración agitada, la vista empañada, mi corazón desgarrado y la vista de un horizonte sin fin, hago las cosas más irracionales.
En este momento la desesperación me está devorando, la angustia me desvanece y este amplio lugar lleno de ecos se torna cada vez más oscuro. Las paredes se cierran, me aprietan. El día se vuelve viejo y sueño con un mañana en el que las cosas sean más claras.
¿Por qué debería preocuparme?
Quizás me comieron el corazón...
