El sol brillaba, en esas tardes en las que nada importaba. Su corazón latía, a medida que observaba el horizonte, el atardecer y pensaba en la nueva Luna.
La noche se acercaba- y debo confesar- esto lo estremecía un poco. “¿Qué es lo que me deparará esta noche?”. Nada sabía, pero quería saberlo todo.
Comenzó a abrir sus ojos, y emprender su caminar, necesitaba un descanso mental… Prepararse para esa noche iba a consumir una cantidad considerable de su tiempo. Y no era que apreciaba mucho el tiempo, pero sabía que corría y en algún momento su noche iba a terminar, porque “todos somos esclavos del tiempo, aunque no creamos en él”, tal como él decía.
Llegando a su hogar, recostándose, cerrando sus ojos y llevando muchos pensamientos (algunos agradables, otros amargos) a su mente. Pensaba en todo lo que le quedaba por hacer, en todo lo que le quedaba por observar, en todo lo que le quedaba por decir… Principalmente, se concentraba en la última tarea. ¿Cómo iba a decir todo lo que llevaba dentro? Si entenderse a sí mismo era un trabajo duro y llevarlo a las palabras aún más difícil.
Finalmente, decidió no pensar en eso.
Llegó la noche para nuevos dilemas. Tomando café, sentado en una pequeña mesa, escribiendo cosas sin sentido alguno (sólo por la razón de que no comprendía por qué lo hacía). Sus últimas noches se basaban en eso. Ah, y en un poco de música de fondo. Eso siempre lo inspiraba.
Su mente le proponía varios caminos, varias palabras, varios acertijos. No podía resolverlos. Observó una vez más su entorno, pensando que si no podía entender sus sensaciones y sentimientos a través del uso de palabras, quizás las imágenes podían ayudarlo.
Extrañamente, en su mirar (también denominado sinsentido por él) encontraba que todas las cosas eran mágicas. Aún sin saber porqué, caminó y se animó a observar más cosas. Así es como se encontraba ahora: girando, tambaleando, caminando, corriendo, y viendo la magia de todas las cosas de su alrededor. Como si estuviera dentro de un caleidoscopio.
Cuando apenas pudo darse cuenta, la mañana estaba brillando y saludándolo a través de su ventana. Ésta vez no podía creerlo. “¿Por qué perdí esta noche? ¿Qué es lo que me llevó a esto?”. Se detuvo un segundo, y se planteó más dudas… “¿Realmente me perdí esta noche?” Entonces, llegó a la conclusión de que sólo había sido un paso más para ver las cosas claramente. Aunque ni siquiera sabía qué es lo que quería ver.
Sólo le bastó pasar unas cuantas noches para comenzar a convivir con esa magia interior, que lo hacía elevarse de sus profundidades pasadas y dejarlas en el olvido. Y comenzó a conformarse con eso, a sentir que le tocaba por el sólo hecho de ser él mismo. Comenzó a sentirse feliz.




