miércoles, 7 de agosto de 2013

Desencanto.

Aquel día nos encontramos en la superficie, pisando las gastadas baldosas. Te miré y sentí lo mismo al ver las descascaradas paredes despintadas, llenas de carteles pegajosos y superpuestos. Ya no contrastabas con todo lo demás. Eras parte de todo lo que me rodeaba a diario, de lo multitudinario que hacía bullicio y me despistaba. Comenzaste a habitar el sótano en donde se encontraban todas mis interpretaciones perdidas de la oscuridad abismal y confusa del olvido.
¡Qué hermoso y mágico era cuando nos encontrábamos en las profundidades! Y éramos nosotros. Y lo otro -lo amontonado, lo desgastado, lo superfluo- se esfumaba. Nos atraíamos, nos envolvíamos y compartíamos nuestras creaciones, que tan alejadas estaban de lo cotidiano.

Te separé en partes, y ya no puedo unirte. Te desarmé. Te deshice. Sos piezas, pedazos, de lo que fuiste. ¿Será que, en nuestro mundo de fantasía, te hiciste de porcelana? Tan frágil te reinventaste.