Pienso que las ausencias son extrañas conocidas.
La ausencia vive dentro nuestro, en lugares recónditos del alma en los que accedió en aquel festín de bienvenida al mundo exterior.
Nacemos y nos perforan el alma.
Y la ausencia está ahí, en un rincón oscuro, sin hacerse notar. Y de pronto surgen acontecimientos que nos absorben y nos abisman, recordándonos con una especie de ardor que vivimos en la ausencia, que esta es parte de nuestra esencia.
Y cuando desaparece se lleva a nuestro cuerpo y a nuestra cordura. Nos hace desaparecer con ella.
sábado, 29 de marzo de 2014
Ausencias.
Iba caminando, juntando algunos pedazos, usando sonrisas, festejos, melodías y algunos fragmentos escritos como pegamento para unificar algunos resquicios de mi alma. Y en el camino a lo que quedaba de mí, me tropecé con un ser humano roto. Era lo que quedaba de aquella lejana ruptura. Los restos de una vida esplendorosa que de pronto y sin darse cuenta, se derrumbó. Su piel era la más suave que me atreví a acariciar, pero su alma estaba agrietada, inundada en cráteres. Era muy difícil habitarlo sin caer en sus pozos mal tapados. A pesar de eso, entré en sus fozas. Dejé que sus abismos me asorbieran, que sus deseos me perforaran.
Sobre lo eterno.
Siempre: lo que dura la vida. Hasta que la muerte te despoje de tu esencia. Hasta que dejes de tener nombre, domicilio, algunos números que te identifiquen (DNI, matrícula, etc) y empieces a ser un muerto, un cuerpo al que arrojar a la tierra, al fuego o incluso al agua -y, con suerte, un recuerdo que habite en la memoria de algún ser humano de la multitud. La eternidad no conoce el universo porque es finita y se disuelve con el fin de la vida terrestre.