miércoles, 15 de diciembre de 2010

Tragedies.

    Miró hacia el fondo de su habitación, hacia aquella pared. Se encontraba a una distancia interminable, o así la oscuridad le mostraba la inmensidad de ese pequeño cuadrado.
    El piso estaba frío y sus manos también. Su corazón estaba frío, o por lo menos lo que quedaba de él. Su cabeza no paraba de hablarle. Le mostraba aquellas imágenes una y otra vez, como una película fallando en su peor parte. No se escapaban, estaban atrapados, estancados, destruyendo todo lo que se encontraba en su camino. Su agonía persistía y no podía evitar ese pequeño dolor.
    Repitió en voz alta unas palabras, con la esperanza de que su mente lo oyera:
    -Por favor, ya basta. No ésto, lo estás rompiendo. El dolor es interminable.
    Nadie podía escucharlo. Nadie, excepto su corazón, que lloraba con él, rompiéndose de a poco.
    Los pensamientos seguían plantados en el mismo lugar, atormentando su noche. Las ventanas estaban cerradas. Sólo pasaba un poco de luz por la puerta, que no tardó mucho en formar parte de la oscuridad.
    Extrañamente, ese dolor  lo hacía gritar. Y gritaba, sus ojos estaban cerrados, su mano en el pecho. Sentía una extraña ansiedad porque ese dolor se fuera, con todos sus pensamientos, con todos sus falsos argumentos… Pero sabía que con eso se iban a ir sus colores. Y no quería que gran parte de su esencia desapareciera.
    La desesperación era su nuevo síntoma. Y ninguno de todos ellos se llevaban bien, aunque todos compartían la misma característica: lo atormentaban de distintas formas.
    Con el cansancio en sus ojos, con el dolor punzante, tomó la decisión más difícil de su vida. Desesperado, arrancó su corazón Y no tardó en comenzar a sentir esa amarga tristeza, acompañada de la soledad, mientras observaba cómo su corazón inflamado latía entre sus 
manos.