Cuando era chica me enseñaron que los humanos nos lastimamos. Somos frágiles como un papel en el agua; y quienes no se rompían en pedacitos sin sangrar eran los robots, esos seres completamente extraños que se presentaban en la TV, en fotos de revistas y por qué no, en nuestra imaginación.
Nunca supe de qué se trataba lastimarse hasta que lo viví. No recuerdo la primera vez que me herí, pero sí tengo una cicatriz como testigo de que aquel hecho fue cierto. Lo demás era un poco de sangre, una marca que duraba un par de días y las lágrimas de un niño asustado.
A menudo, atemorizados, mis padres decían palabras como: "No te acerques ahí, ¡Te podés lastimar!" y si no obedecía, debía hacerme cargo de las consecuencias y ¿a quién le iba a llorar? ¿a la lastimadura? ¿a la cosa con la que me había golpeado? ¿a mí misma?
A veces corría sin parar, tropezaba y minutos después, sin darme cuenta, me encontraba en el aire, a punto de realizar el peor aterrizaje de mi vida (bueno, por lo menos en ese momento iba parecía ser el peor de todos).
Y así fue como aprendí que debía alejarme de las cosas que podían llegar a provocarme un daño: a través de las palabras de personas sabias que conocían de qué se trataba todo ese nuevo mundo de las lastimaduras humanas.
Más tarde, nuevos hechos acontecieron. Esta vez, las lastimaduras eran consecuencias de mis actos... Pero lo que me lastimaba ya no era alguna cosa, eran personas. ¿Cómo era ésto posible? Si yo no corría y me caí. No estaba trepada en ese árbol y me resbalé. No intentaba utilizar la bicicleta sin rueditas sin saber de qué se trataba... Yo me acerqué a eso que me lastimó y me hirió. ¿Qué es lo que debía hacer entonces? La marca estaba, los hechos también (aunque sin conexión alguna con el contexto físico), y esas personas, las que un día me habían enseñado a alejarme de lo que me hería, estaban siendo esa "cosa" de la cual me tenía que alejar. ¿Y cómo podría alejarme de ellos, que tanto quería? ¿Cómo quienes buscaban protegerme del mundo de las heridas ahora formaban parte de él? La única respuesta en ese momento fue el terror, que me hacía alejarme a veces, pero siempre estar.
Con el paso del tiempo, esas costumbres fueron desapareciendo y conocí más gente querida y respetable que me enseñaba buenas cosas de las cuales aprender del mundo que me rodeaba. Un día conocí a una persona que aceleró mi latir, no sabía qué era lo que sucedía, sólo se sentía bien. Esa persona, en cierto punto, me provocaba miedo y me hacía huir. Después de tanto escapar, crucé mi corazón con ésta y nuestras esencias formaron uno solo. Fue cuestión de unos meses, cuando sentí que todo lo que tenía vida en mi interior, el acelerado latir, la felicidad hasta explotar… comenzó a desaparecer. Todo lo que estaba ocurriendo se sentía mal. Aprendí que esas eran las heridas del corazón y que no sólo había heridas físicas provenientes de actos inmediatos que dejaban marcas visibles, sino que también había lastimaduras internas, que dolían tanto o más que las externas y también dejaban marcas, marcas que no se veían.
Comprendí que el mundo de las lastimaduras humanas era más complejo de lo que parecía, que había miles de cosas que nos podían herir y que debía alejarme de lo que me hacía mal. Y así fue: me alejé de todo lo que tenía que ver con mi corazón, no por miedo a que me lastimen, sino por miedo a lastimar. Porque sabía lo feo que se sentía y no quería que a otra persona le pasara lo mismo... No quería lastimar a quien quería con todo mi corazón.
¡Qué complejas son las cosas a veces!
Si te alejás lastimás, si te acercás también.
¿Por qué hay personas que lastiman a quienes quieren de verdad?
¿Acaso no tenemos autocontrol?
¿Somos esos robots programados que veíamos en televisión?
¿O sólo estamos condenados a vivir en el mundo de las lastimaduras humanas por siempre?