miércoles, 18 de mayo de 2011

Behind the sea.


    Estaba sentada en el borde de la oscuridad abismal, con la nada de un lado y el mar del otro. Contradiciéndose en todo aspecto, no sabía hacia donde mirar, así que decidió optar por el mar.


Bajo él, en sus profundidades más heladas, se divisaba de forma empañada algo, a simple vista podía darse cuenta de lo horrible que era eso. En la superficie, el brillo de las luces, el reflejo de la Luna y un montón de cosas hermosas. Vivió un rato en sus pensamientos, con una sonrisa a cuestas y sus ojos brillando más que nunca. Sintió la emoción de vivir, de ser, de comprender. Todo lo que observaba era asombroso... Esa misma noche descubrió las estrellas, caminó acompañada y -aunque literalmente el sol no brillaba- sintió esa calidez, ese revoltijo, esa necesidad de liberarse de todo y volar junto a quien ahora le pertenecía.
    Un día decidió volver a aquel lugar que le recordaba aquella experiencia, aquel caballero, su fragancia. Casi de imprevisto, se sentó del lado equivocado... Ahora la oscuridad abismal la envolvía, la atrapaba, no la soltaba... Y quería huir. Comenzó a entender la desesperación, observó cómo todo lo que aquel día había anhelado tanto, había querido con todos sus sentidos, estaba siendo manchado por el mismo abismo transformador. Todo estaba destruído, y se fue... Sola, contemplando las ruinas de su alrededor.
    Estaba enamorada del mar, pero vio el lado equivocado. Ese día aprendió que nada sería para siempre, que nunca nada sería igual, que existen los momentos irrepetibles, que éstos se presentan todo el tiempo y que nosotros mismos los construímos -aunque a veces se presenten disfrazados de forma casual-, que el sol sale más de una vez y que lo dañado se puede reparar... Entre otras cosas, aprendió de su error.