Aquella mañana otoñal -tan común como todas las que corrían en ese Abril rutinario- despertó a la misma hora de siempre. Con los ojos empañados de cansancio asomó su cabeza por la ventana de roble rojizo: las hojas corrían apresuradas porque el viento las perseguía y la tonalidad marrón en el paisaje predominaba en esos días. Bostezó. Se sentó al borde de la cama y tomó su agenda. ¡Cuántas cosas tenía programadas para un Lunes! Siempre cuesta empezar...
Para su asombro, un papel cayó de aquel libro encuadernado, deslizándose al compás del reloj, que marcaba exactamente las ocho de la mañana. Lo tomó rápidamente, doblando una de sus puntas en aquel acto de arrebato, y lo guardó nuevamente en su lugar de origen, dejando a la vista un pequeño corazón dibujado en él.
Desde ese pequeño momento su día cambió. Hizo todas las cosas que tenía escritas en su agenda personal. A simple vista era otro de esos días que se amontonan para reciclar. Pero él no se sintió igual, no lo sintió igual. Sus ojos le mostraron otra realidad, mientras su mente reproducía miles de imágenes superpuestas. Su corazón latía rápidamente combinando con el brillo de su mirada. Cada acción era correspondida por una sonrisa.
Ya de noche, recostó su cabeza en la almohada y sus pensamientos se apagaron, transformando su mente en un cielo repleto de estrellas. Sonrió una vez más.
Su agenda estaba abierta en un escritorio y su día Martes 21 de Abril llevaba inscripto "verte otra vez".
Al día siguiente, un Martes como otros, abrió sus ojos. Miró una vez más el paisaje con los efectos borrosos producidos por sus ojos y suspiró. Se cambió y en el espejo se dejó ver... su pecho, sangrando, sin corazón.