A partir de aquel momento comenzaría a odiar los días lluviosos.
"Los senderos en los que andamos son largos. A veces se cruzan con otros y entonces encontramos a quien nos acompañará en nuestras caminatas mientras dure esa superposición de caminos. El problema es que, desde el punto en el que estábamos parados, parecía un camino interminable. Y luego de tanto caminar comenzamos a divisar un final. Y ese final es hoy".
Inmediatamente después de oír lo que dijiste, tomé mi taza de porcelana y bebí un poco de café humeante. Esperaba tragarme, con ese sorbo, todas las palabras que no dije y todas las angustias que sobrevendrían luego de esa conversación.
"Está bien, supongo que la gente siempre se va". Fue la única oración coherente que se formó en todo ese desorden de palabras que querían brotar. Me enredé en ese discurso que no había pronunciado. Me mezclé con todo el alboroto de letras de lo no dicho. Me quedé en silencio. Y quise escapar, como todas esas palabras habían huido de mis pensamientos, como vos te habías ido, borrándote de mi historia.
Cuando abandoné el lugar, me dirigí hacia el lago. Allí me sentí incompleta. No era novedad, pero el amor es una pieza engañosa y prometedora que nos atrae y nos muestra, al menos de forma ilusoria, cómo sentirnos completos por un tiempo.
Hoy llueve. Miro a través de los vidrios empañados cómo el agua acaricia el pavimento y se amontona en algunos rincones.
Hay algo en la lluvia que me recuerda a tu partida. Pienso que tal vez sean las gotas, que caen sobre las superficies y se pierden en ellas para siempre, desaparecen. Y dejan pequeños rastros como huellas, que no tardan en esfumarse.
Aquellas imágenes, aquellos recuerdos, se desvanecieron con el tiempo, a medida que las agujas del reloj giraban. Pero tus palabras se atascaron en mí, rompieron con todo lo armado. Me dividieron en piezas desencajadas. Ahora estoy desarmada.
